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La Jauría: Ni feminismo ni machismo… mucho menos igualitarismo

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La Jauría fue un éxito en Amazon Prime, hoy está siendo transmitida por TVN y se está preparando una segunda temporada de esta serie, que sin duda impactó a la audiencia ¿Pero en qué grado?. La colaboradora brava, Isidora Pinochet, aquí reflexiona sobre cómo esta producción y las industrias culturales retratan -para bien o mal- la violencia machista. 


Por Isidora Pinochet Venegas

¡Alerta, alerta, alerta machista!

Que todo el territorio se vuelva feminista.

Simple. Corto. Ensordecedor. Ese fue el grito que más de dos millones de mujeres entonaron el pasado 8 de marzo en Santiago. Ese día, las alamedas de todo Chile reunieron a centenares de mujeres que decidieron aglomerarse masivamente por un mismo fin: la liberación de su ser político. Y es que ese año fue clave. Si bien el feminismo como movimiento sociocultural tiene larga data en el mundo y en el país, un auge de tal magnitud no se veía desde comienzos de la Tercera Ola de la corriente, alrededor de los años setenta. ¿Las razones del apogeo? Una masificación de la teoría debido a Internet, las redes sociales y los múltiples casos de abuso y acoso sexual que han dejado a centenares de varones en la impunidad.

Pero rápidamente lo personal dejó de ser político para volverse comerciable. Desde comienzos del siglo XX, las industrias culturales comenzaron a ser vistas como mercancía y venderse de forma exponencial. Las representaciones del mundo se transformaron en un bien transable en el mercado y el feminismo no fue la excepción. Al mismo tiempo que decenas de mujeres fueron sumándose a cada manifestación, estas industrias comenzaron a apropiarse de la teoría para convertir el movimiento en una mera consigna. Así, lo que antes producía tensiones constantes al patriarcado, hoy se encuentra estampado en poleras de cualquier tienda de retail. El feminismo empezó a ser visto como un movimiento reciente, como una lucha por el aborto libre y poco más. Como si el feminismo fuera proclamar “el futuro es femenino” y ya, ¿o no?

A pesar de que este fenómeno es reconocible y, hasta cierto punto analizado, desmantelar la base capitalista de los discursos no es tarea sencilla. Para que este “vaciamiento teórico” funcione sin mayor resistencia, se nos ofrece con una apariencia seductora, adaptable a los contextos sociales de cada época. No se busca un enfrentamiento directo, sino que se potencia la alienación hacia su narrativa para garantizar el enganche de la mayor cantidad de audiencia. De esta forma, en 2006 era natural ver comerciales que fomentaban la discriminación hacia la mujer como el recordado “¿Y tu hermana?” de la cerveza nacional Escudo, sin que esto produjera críticas. Lo anterior, debido a que el reconocimiento de la autonomía femenina y términos como machismo, misoginia y consentimiento no calaban tanto en la sociedad. 

En la actualidad esto ya no ocurre. El capitalismo debió adaptarse para seguir lucrando. Así, la tarea del mercado se redujo a llevar los conceptos teóricos a su mínima expresión, sin una aplicación práctica. En términos simples, disfrazar la misoginia de siempre con una apariencia progre. De este modo, el correlato se vuelve un montón de frases inconexas unidas al azar haciendo creer a la o el espectador que lo que ve es disidente. Sucede con las mallas de las universidades, la música, la publicidad, los libros y cómo no, con las series.

En este contexto nace La Jauría, serie chilena ideada por Sergio Castro y Enrique Videla y producida por Fábula, Fremantle y Kapow para Amazon Prime Video. El argumento del audiovisual se sitúa en la capital y narra la investigación policial tras la desaparición de Blanca Ibarra, estudiante y líder feminista de 17 años, que deriva en el descubrimiento de una red intelectual masculina -”la Jauría”- cuyo objetivo es la agresión sexual de mujeres.

Poster de La Jauría de Amazon Prime Video Imagen de Culturaencadena
Póster de La Jauría en Amazon Prime Video

La Jauría 

Siguiendo las palabras de la actriz Mariana di Girolamo (Sofía Radic en La Jauría), la serie se presenta como un “relato contemporáneo de una generación”. Es decir, lo que vemos representado debe entenderse desde el mundo real como una historia que podría ocurrir -o que ocurre- en el presente. Esto se explicita en el mismo transcurso de la serie, donde vemos constantemente imágenes de archivo de marchas feministas chilenas, periodistas reales (Matías del Río) participando de los noticieros de la historia y un uso frecuente de simbolismos propios de la lucha feminista actual (por ejemplo, el uso de pañuelos verdes). Es innegable que la trama nace y se nutre de un contexto real, por lo que el análisis de las miradas que se representan y hacia quien se dirigen los discursos, es crucial.

Antes de hablar de la narrativa, es necesario asentarnos en el mundo de La Jauría. Aquí se recrea un Chile desde un solo ángulo socioeconómico: el “cuico”. Apellidos rimbombantes, colegios privados, una preocupación mediática y policial irreal hacia cualquier otro sector de la sociedad y una visualidad ABC1, producen un choque para las personas que consumen la serie donde el sentido crítico de la trama se pierde. Al no ver representado el “mundo real”, la historia se vuelve lejana, incluso tocando temas que ocurren día a día. Los personajes no logran conectar con el público común, por lo que cualquier material se basa en acciones de unos “otros”. No permite el cuestionamiento propio.

Daniela Vega como Elisa Murillo y Alejandro Goic como Ricardo Jorquera en escena de serie La Jauría fotografía por CNet
Daniela Vega como Elisa Murillo y Alejandro Goic como Ricardo Jorquera en escena de serie La Jauría

Miradas masculinas

La desconexión con la realidad nacional se suma al nulo entendimiento de las vivencias de las mujeres. En su constante intento por desvincularse del orden patriarcal con la promesa de “hablar de temas antes ocultados”, cae una y otra vez en el mismo fallo: privilegiar el morbo antes que el desarrollo de los personajes. Y no es de extrañar que esto suceda, recordando que la idea inicial de la serie vino de dos varones, más un equipo de dirección, guión y producción mayoritariamente masculino. Era de esperar que los problemas que viven las mujeres a raíz de la opresión sexual no fueran bien representados. Llevando a La Jauría al irónico escenario de accionar lo que critica: retratar la experiencia del ser mujer desde la mirada de un hombre.

Esta mirada fálica hacia la mujer en La Jauría llega a su punto cúlmine con la escena de la violación de Blanca. Aquí se puede apreciar cómo las industrias culturales hacen vendible hasta los actos inmorales, convirtiendo una escena cruda en un acto de voyerismo. Si bien se advierte la presencia de dicho registro al comienzo de los capítulos, la duración y constancia en su exhibición traspasan lo ético. Puede llegar a entenderse la imagen como una forma gráfica de impactar a la audiencia sobre la gravedad de los hechos. Sin embargo, el propósito comunicativo se pierde una vez que se usa como recurso en cada episodio.

La mujer, una vez más, pierde su condición de sujeto para convertirse en un producto más. Las grandes teóricas feministas han descrito con detalle este fenómeno, haciendo que la hegemonía adquiriera rostro, llevando a la cultura a no solo ser el espacio intermedio entre subjetividad y estructura, sino una tensión entre mujeres y varones.

poster de serie La Jauría donde aparecen sus actrices la jauria fotografia de filmaffinity
Póster de serie La Jauría

Producciones culturales y feminismo

La reproducción en masa, a pesar de todo, también tiene su lado positivo. Al llegar a todos los lugares del mundo, los objetos comerciales configuran un principio revolucionario: plantar una idea donde antes no había. No hay que olvidar que la publicidad logró salir de la lógica misógina explícita debido al correlato entre el público y las industrias culturales. La subjetividad vence a la regla social solo cuando estas críticas son expandidas entre las personas.

Estamos ante una paradoja. Si bien es cierto que gracias a dichas industrias el feminismo consigue masificar sus discursos a sectores poblacionales ajenos al campo teórico, el resultado de este ejercicio ha sido eslóganes sueltos y serviles al patriarcado. La situación se vuelve fundamental cuando la comparamos con la última gran Ola. Pese a que las mujeres que se proclamaban feministas en los años sesenta y setenta eran ínfimas en comparación a la actualidad, fueron capaces de unir sus vivencias y producir un marco teórico del movimiento, dotándolo de nociones como raza, religión o etnia, que en la práctica puso en cuestión cosas tan necesaria como el acceso a pastillas anticonceptivas.

Hoy, incluso con libros, canciones y series, nos cruzamos con un techo de cristal que va más allá de saber qué significa patriarcado o machismo. Se trata de llevar estos análisis a la práctica, hacer del feminismo una realidad.

No podemos quedarnos sentadas a esperar que las industrias culturales tomen elementos al azar y sigan su curso, ya que las personas detrás de estas grandes prácticas siguen siendo varones. Tenemos que ser nosotras las que volvamos a juntarnos y trabajar por y para nuestras problemáticas. No olvidar que series como La Jauría, por más buenas intenciones que tengan, no significarán un cambio a la estructura si el equipo que hay detrás no muestra coherencia con el discurso proyectado.

El cambio radical solo vendrá cuando dejemos de aceptar al patriarcado porque se viste de oveja.

Ya no basta dar cátedras de la historia de nuestra opresión si no sabemos que fue Simone de Beauvoir la primera que investigó sobre aquello. No es suficiente hablar de sororidad si desconocemos quién fue Kate Millet y en qué contexto lo aplicó. Aún nos falta si dentro de nuestra lista de íconos feministas no encontramos a Margarita Pisano. Aún hay algo por hacer si Audre Lorde es una incógnita a nuestro entender.

El próximo gran proceso cultural solo llegará cuando seamos capaces de mirarnos “con ojos de mujer”.

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